Quizás estamos demasiado preocupados de las incertidumbres del presente en torno a la frontera entre La Línea y Gibraltar como para reflexionar con tranquilidad sobre el pasado. La vida va tan rápido en los últimos años que vamos dejando aparcados temas importantes cuando dejan de ser urgentes si no somos capaces de resolverlos. Es como esa montaña de libros que se acumula en la mesilla, que va dejando paso a la última novedad. Ahora, la que lleva más tiempo, demasiado ya, en nuestra estantería es el Brexit. Es como esos bestseller coñazo que le encantan a todo el mundo menos a ti, a nosotros en esta zona. Lo que pasó antes de 2016 casi lo hemos olvidado. Pero no deberíamos.

Esa Carmen Ward con gafas de sol a las doce de la noche del 15 de diciembre de 1982 para protegerse de los flashes, cual estrella de Hollywood, es todo un icono de la reapertura. Esa frase definitiva de “ya no tendré que volver a coger la lancha” para cruzar a España era otro reflejo de cómo la gente se tenía que saltar las restricciones para hacer su vida un poco más soportable. Esa pelea por las llaves para abrir la verja, una muestra de la idiosincrasia de esta zona tan particular. Esa noche se hizo día cuando miles de familias pudieron volver a abrazarse. Sólo el amor y la sangre de los tuyos son capaces de superar cualquier barrera. Hace cuarenta años la historia le daba una nueva oportunidad a esta tierra en disputa.

La reapertura fue el pistoletazo de salida de una normalización de las relaciones humanas transfronterizas. En este ámbito, las sociedades de Gibraltar y el Campo de Gibraltar han establecido un paradigma muy valioso. El tejido humano que forma la sociedad transfronteriza, muy especial entre La Línea y Gibraltar pero también con el Campo, ha sido capaz de sobreponerse a las enormes diferencias políticas que marcan su vida diaria para comprender que sus relaciones humanas valen más que sus diferencias. Que lo que nos une es mucho más importante que lo que nos separa. Que podemos opinar distinto en política pero seguir manteniendo nuestros vínculos familiares, económicos y de amistad al otro lado de la frontera. Que ser linense o yanito no está reñido con vivir como buenos hermanos, como buenos vecinos. Le pese a quien le pese. Y eso es, por sí mismo, una gran conquista. Ese tejido humano sostiene con fuerza el hilo de los corazones palpitando a ambos lados.

Pero esa conquista social y muy trabajada por la gente a pie de calle no ha tenido el mismo reflejo en otros ámbitos. Económicamente, a La Línea no le ha servido para generar un modelo económico próspero que desarrolle todo su potencial de talento, creatividad, servicios y economía azul, por ejemplo. Más bien al contrario, ha sido tal el abandono histórico de la ciudad que hasta hace cinco años contaba con un hospital tercermundista. Como las comunicaciones ferroviarias que unen la comarca con la capital del Reino. Aún sigue vigente la declaración de la Aduana de La Línea como registro de inspección fiscal de tercera categoría, vigente desde 1966. Por ejemplo. Entre otros vestigios del franquismo.

La diversidad del Campo de Gibraltar es tan inabarcable que resulta difícil abordar todos sus problemas con éxito. Pero aún cuesta más cuando esos problemas se han dejado de lado en incontables ocasiones, en lugar de apostar por resolverlos uno a uno, poco a poco. Por suerte, los motores económicos de la comarca, el Puerto de Algeciras y el polígono industrial de San Roque y Los Barrios, son punta de lanza de sus sectores. Como lo es el turismo de toda la zona. Esto demuestra sin lugar a dudas que cuando se apuesta por esta comarca, su desarrollo es exponencial y lidera rankings internacionales.

Pero precisamente es esa diversidad la que, si no se aborda solidariamente, genera un efecto perverso en otras poblaciones. Mucho se ha escrito sobre cómo los planes de desarrollo del Campo de Gibraltar para compensar el cierre fronterizo beneficiaron a esta comarca a partir de 1963. Y así fue. Pero no de forma equilibrada. Y ese desequilibrio se mantiene todavía hoy y es vital abordarlo. La comarca del Campo de Gibraltar abarca desde San Martín del Tesorillo hasta Tarifa, pero las ciudades centrales de la bahía cuentan con una ventaja estratégica por su ubicación que el resto no tiene.

A La Línea, el tamaño de su término municipal, su condición fronteriza y su limitación con un municipio de gran absorción económica como San Roque le suelen jugar malas pasadas en el aspecto económico. Es un municipio pequeño sin el suficiente espacio para albergar industria que lo requiera, por lo que su destino es brindar mano de obra a los municipios aledaños o generar una actividad económica que no necesite espacio. Tampoco puede alcanzar el equilibrio con Gibraltar, pero puede complementarlo. Dos territorios distintos, dos sistemas distintos, dos situaciones económicas que nada tienen que ver.

Pero, para mí, el verdadero escollo está en los proyectos faraónicos que prometen las administraciones españolas a La Línea cuando solo los vinculan al éxito de las negociaciones de turno con Gibraltar. Esto se han convertido a lo largo de estos cuarenta años en un sinvivir para los linenses. En una agonía, sólo mitigada de tanto en tanto por la esperanza. La ciudad tiene carencias de base -alto índice de pobreza, infraestructuras, alto índice de población con necesidades sociales, un 40% de desempleo- que deben ser abordados por todas las administraciones, de arriba abajo, independientemente de cómo discurran las negociaciones políticas sobre el Peñón. Que deseo desde lo más profundo que tengan éxito, porque ya se vivió demasiado tiempo de espaldas y en silencio. Ojalá sea ya momento de mirar al frente, mano a mano, en esta tierra de las oportunidades. Que ésta sea la oportunidad cumplida.

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