El viernes, los diplomáticos que nos representan ante la Unión Europea (UE) aprobaron el mandato para que la Comisión Europea (CE) y el Reino Unido puedan empezar a negociar un tratado para el GiBrexit. O sea, el Brexit para Gibraltar. Aún queda otra pirueta ‘formal’ que se cumplirá el martes: los ministros de Finanzas europeos darán luz verde. Y empezará la negociación. La dura negociación.

Nos esperan meses difíciles, de tiras y aflojas, de buques ingleses que protestarán por la presencia de españoles; de colas por los pasaportes -sólo a británicos no gibraltareños y personas de fuera de la UE- en la verja/frontera y de situaciones tensas, que interferirán sobre el terreno mientras las delegaciones negocian en la moqueta. Y ojalá me equivoque.

Mientras las delegaciones deciden, por el momento los acuerdos alcanzados por ambas partes para ‘salvar’ de sellar pasaportes a los ciudadanos españoles y a los gibraltareños evitarán convertir la verja/frontera en una auténtica ratonera. Aunque el sellado a los ingleses ralentizará, ya lo está haciendo. Es una consecuencia más de esta situación política kafkiana a la que nos ha llevado el Brexit.

Habrá mucha pelea diplomática por el meollo de los meollos: el control fronterizo el puerto y el aeropuerto. Algunos medios españoles han escrito hoy que España “se ha rendido ante el Reino Unido” por solicitar la asistencia de Frontex para implementar los futuros controles, ante la negativa de los ingleses a negociar un tratado que, de otro modo, estiman que ‘socavaría su soberanía’. No estoy de acuerdo.

Desde mi punto de vista, España está preservando sus intereses, al tiempo que busca una fórmula viable para entablar una negociación aceptable para todos en este endiablado escenario de puntos contrapuestos de soberanía, estratégicos, militares, históricos… Y todos los avíos que le eches a este contencioso tan complejo.

Disputa que causa siempre, y también en esta ocasión, un impacto muy directo de la política de Estado sobre los ciudadanos. Muchas veces se han visto perjudicados y eso es justo lo que no debe volver a ocurrir.

Del otro lado, la libre decisión del Reino Unido y Gibraltar de abandonar la UE tiene unas consecuencias que, por la influencia de la economía gibraltareña en la población del Campo, afectan a toda esta zona. Empezó a pasar desde junio de 2016 y sigue pasando.

Un ejemplo. Esta semana, durante una jornada empresarial, sectores como los despachos de aduanas de la comarca y los transportistas pusieron de manifiesto la ‘montaña’ de trámites que está suponiendo ya para ellos exportar mercancías al Reino Unido, o a Gibraltar, por la documentación extra que implica exportar a un país o un territorio tercero. Y, mientras no haya acuerdo, así se considera también en el ámbito aduanero al Peñón. Trámites y más trámites.

Y quiero pensar que en el ánimo de las delegaciones negociadoras está esto muy presente. Porque la idea de la prosperidad compartida nos suena muy bien, la queremos y además la necesitamos. Es fundamental para cambiar el futuro de esta zona. Pero aquí todo el mundo se juega más que el impulso socioeconómico transfronterizo, que ya es mucho.

Aquí están en juego los símbolos. Banderas. Orgullo. Estrategia. Defensa. Política. La historia, en definitiva. El momento es muy delicado y el objetivo es difícil. Pero la sociedad transfronteriza necesita que esta negociación sea un éxito para emprender un capítulo muy diferente y realmente transformador de su historia.

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