Donde habita la esperanza

En este domingo durísimo, con un nuevo máximo de fallecidos y contagios por el mal bicho que corre como la pólvora en España y el mundo, nos encontramos abatidos. Y expulsamos nuestra ira contra el Gobierno por los tests defectuosos y por la falta de material sanitario, por convocar la manifestación del 8M; contra la Comunidad de Madrid, por perder los aviones con material imprescindible; contra la gestión de los enfermos de Andalucía; contra Vox, por su mitin de Vista Alegre; contra Boris Johnson, por su mala gestión de la crisis; contra Trump y Bolsonaro…

Sí, todos han hecho o están haciendo cosas mal; es más, algunos de ellos me resultan seres despreciables. Otros no. Me parece fundamental fiscalizar la labor de los que tienen responsabilidades en este momento, las que sean, porque necesitamos que todos acierten en las decisiones que tomen en la gestión de la crisis. Pero siempre anteponiendo a las personas a la política y manteniendo la unidad. Y hablo de todos los partidos. Por eso les pido a los políticos y a la sociedad española una cuarentena también en la crítica exclusivamente política. Vamos a concentrarnos en lo realmente importante: cómo salvamos más vidas.

Este país enfermo se desangra por los cuatro costados y, en lugar de unir nuestras manos para cerrar ese torniquete, estamos levantándolas amenazantes contra nuestro adversario, o del que no piensa como nosotros, para discutir cómo le taponamos la herida al que se nos muere entre los brazos. Porque estamos enfadados y sufriendo mucho al ver cómo se está muriendo mucha gente. Pero así no lograremos nada. Absolutamente nada, salvo más llanto, desesperación y más despedidas en soledad.

Últimamente, en las redes sociales muchos se han convertido en expertos epidemiólogos, analistas de datos, científicos, médicos y gestores políticos de patio, frivolizando sin pudor sobre cuestiones que implican una responsabilidad enorme, porque están muriendo miles de personas en la mayor emergencia sanitaria que hemos vivido las personas de menos de 70 años en este país.

Y me da vergüenza ajena. Porque precisamente esos mayores que mueren solos, con la única mano de una enfermera o la carta de un nieto, son los que más han sufrido. Son los que vivieron una guerra civil y una dictadura, los que nos llevaron a la democracia, los que lucharon por nuestros derechos sociales, laborales y ciudadanos, los que nos salvaron de la crisis del 2008 -que fue una crisis de mentira comparada con ésta- y los que se nos van sin decir ni un triste adiós o sin una cama en una UCI. Así que, por favor, antes de frivolizar o replicar mensajes de odio o fake news en tus redes sociales sobre esta emergencia, piensa en ellos.

Todos estamos muy preocupados por nuestros seres queridos y por nosotros. Unos, porque tenemos madre o padre, hermanos, primos, tíos y a nuestros amigos en el epicentro del huracán. O porque tenemos a otros amigos y colegas que se están jugando la piel en primera línea en un hospital, en la calle informando, aquí o en Madrid, en Cataluña, y también muy lejos: en Rusia, Argentina, Colombia, el Reino Unido, Estados Unidos o Centroamérica.

Porque nuestros compañeros de trabajo, a los que no vemos desde hace 15 días, están sufriendo por sus familias en el extranjero: en Londres, en Japón, en Irlanda, en cualquier punto de España. Porque tenemos amigos en Gibraltar que no ven a sus amores, amigos y vecinos de este lado desde hace días. Porque nuestros hijos nos preguntan, con lágrimas en los ojos, “¿mamá, cuándo podremos salir a la calle?”.

Porque nuestros amigos, nuestra madre o nuestra familia política ya no van a volver a ver nunca más a algunos familiares o amigos que han fallecido por culpa de este virus. Porque tus hermanos se la juegan para llevarle la compra a tu madre, dejándosela en la puerta para que ella no sufra ningún riesgo y tú, a 700 kilómetros, lo único que puedes hacer es videollamarla para consolarla y que no se sienta sola cuando te comunica que se le han muerto ya varios amigos. Y das gracias porque no le ha tocado a ella. Y le dices “venga mami, que lo estás haciendo muy bien. Cada día queda menos”.

Porque todavía quedan héroes anónimos, que recetan solidaridad cuando es más necesaria que nunca, salvando vidas, poniendo respiradores aunque sean ingenios hechos para salvar la situación, usando mascarillas peores que las que necesitan, dando una mano de ayuda, limpiando un hospital, trabajando en un súper, transportando comida, vigilando la seguridad… Hay tanta gente trabajando para salvar vidas que es un auténtico bochorno que nos estemos peleando en lugar de ayudarles a hacer aún más.

Creo que, cuando todo esto pase, tendremos que saber agradecer de algún modo el impagable trabajo de todos los que hoy se están jugando la vida por nosotros en primera línea contra el virus. Aunque será prácticamente imposible estar a su altura. Y también a la altura de esos valientes que han puesto a disposición de todos nosotros su generosidad, su empresa, su dinero, su impresora 3D, su máquina de coser, sus conocimientos psicológicos para ayudar a otros, una bolsa de comida, una canción, una clase de flamenco online, una de Pilates, de ejercicios, su voz en la radio, han comprado a su vecina mayor o a esos niños que han dibujado un arco iris.

Quedan muchos lugares donde habita la esperanza. Quedan muchos sueños por cumplir, hay mucho trabajo que hacer. No hay tiempo que perder.

 

 

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