Londres: usar sólo en caso de emergencia

“En tiempos de incertidumbre, sé un cuáquero”. Las dos grandes banderolas en una enorme fachada de Euston Road da qué pensar a los viandantes y conductores del atasco de tráfico que se amontonan en las primeras horas de la tarde del viernes, en pleno centro de Londres. Sí, es patente. “Es la economía, estúpido”, que decía aquel, lo que preocupa a todos. Es la suciedad del metro. Son los numerosos carteles de ‘Se alquila’ en la renovada zona de King’s Cross. Son tiendas desmanteladas, a unos metros de la casa del inolvidable Charles Dickens. Es el incivismo de bolsas de basura en la calle. “Don’t dump your rubbish here!”, reza un letrero escrito a mano en un portal de viviendas sociales. Son, sobre todo, las conversaciones.

Londres está lleno de conversaciones en torno al Brexit, en las que también se ha colado como invitado estelar el coronavirus importado de China. No sé sabe qué pasará, pero sí que ambos temas han entrado ya de lleno en las casas de los ingleses. Y todos sus habitantes se han puesto en modo ON salida: Way out. Como si caminasen hacia la subida interminable de las escaleras del metro de Goodge Street. Una subida infinita, de 165 escalones, en la que se avisa: usar sólo en caso de emergencia.

En el luxury de Myfair, en Regent Street, en Picadilly o en Harrods, no hay Brexit que valga. El dinero nunca tiene frío cuando le espera el lujo del otro lado del mostrador. Princesas árabes, europeas y europeos de alto copete, niños ‘posh’ y curiosos se mezclan allí con turistas perdidos, entre zapatos de 700 libras y camisas a medida.

El sinhogar que pide propina en el túnel junto a un metro, o el que duerme a las puertas de la bellísima estación de St. Pancras, también pasan de enterarse de que ya están fuera de la Unión, de que se está jugando la prórroga. De que, ahora sí, vienen los momentos trascendentales para el Reino todavía Unido. Qué les importa a ellos la Unión, de cuyo cordón umbilical terminarán separándose al final de este largo parto este año.

Londres, por mucho tiempo que pase, por muchas amenazas de Brexit o epidemias que lo atenacen, seguirá siendo la ciudad que no pregunta y tampoco responde; la de enormes dimensiones con el cielo más cercano, junto a sus edificios de dos o tres plantas;  la ciudad de la vida, de las artes y de la democracia. La que llaman ya la ciudad-estado.

El Big Ben, la torre de Elizabeth y las estatuas de los pasillos de Westminster parecen haber sido tapadas para no enterarse de la locura perpetrada por quienes decidieron que abandonar Europa era una buena idea. Cuando finalicen las obras en el Parlamento, todos esos testigos de piedra verán su renacer en otra era, la de una nueva y más distante Inglaterra.

Si la grandeza de un país se mide por su capacidad de enfrentarse a los desafíos, sin duda ésta será la ocasión ideal para saber si, como en épocas pasadas que muchos aún añoran, el Reino Unido puede vivir sin tener en cuenta a su vecina Europa.

Si Boris Johnson, que ha sido capaz de sobrevivir al cuestionamiento por el Brexit con un aldabonazo de autoridad electoral, lo hará también a su entrada en vigor. Si cumplirá, como parece ser su deseo, la máxima de acercarse en algo a uno de los políticos más clarividentes del siglo XX: Winston Churchill. O será, simplemente, un cuáquero, que pretenda encontrar la verdad a través de su voz o su luz interior.

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