Historia del cierre: la sociedad rajada

Muchos son mayores, la mayoría de La Línea, algunos de Gibraltar. Hay también una investigadora estadounidense que, junto a un colega de Algeciras, ha venido a escuchar las historias del cierre. Esperan en La Línea, en la sede de la Asociación de Trabajadores Españoles en Gibraltar (Ascteg) para que dé comienzo el acto “50 años del cierre de la frontera de Gibraltar”, en el que el periodista de Área, Juan Domingo Macías, como miembro del Círculo de Estudios Linenses, desgrana, entre investigaciones y recuerdos, cómo sucedió aquella ruptura brutal entre las dos ciudades.

Al otro lado de la frontera, en el centro cultural John Mackintosh Hall, una profesora de Historia austríaca y numerosas personas mayores de Gibraltar que vivieron el cierre, releen periódicos y miran fotografías de la exposición Closure, que realiza un recorrido extensivo desde los años previos a la clausura hasta la reapertura de la Verja en 1982. Muchos de ellos comentan: “mira, recuerdo haber estado ahí”, en referencia a las famosas imágenes de los familiares que tenían que hablarse a gritos en la frontera.

Históricamente, el origen del cambio de política del Gobierno español hacia Gibraltar se ha situado en 1954, cuando la reina Isabel II visita el Peñón. El acto fue visto como una afrenta por parte de España a su histórica reivindicación de la soberanía: “el Gobierno español dejó de conceder pases de trabajo y los yanitos que vivían en La Línea y Campamento también son objeto de restricciones”, recuerda Juan Domingo Macías. Cabe recordar que entonces Campamento era un lugar de retiro y descanso donde muchos gibraltareños tenían propiedades y jugaban al polo.

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Familias, hablándose a gritos con la Verja cerrada. / Créditos: Descubrir la Historia

Los orígenes del cierre. Aunque se empezó a hacer mucho más patente cuando Isabel II pisa el Peñón, en realidad el cambio de actitud de España hacia Gibraltar comienza cuatro años antes, con la visita del Duque de Edimburgo al Peñón para supervisar la constitución del primer Consejo Legislativo –Legislative Council-. Desde el primer momento el Duque expresó su apoyo al derecho de autodeterminación del pueblo gibraltareño, indicando en su discurso que el autogobierno de Gibraltar era un objetivo a largo plazo de Gran Bretaña. En ese momento en Gibraltar se vivían momentos intensos en la lucha de los yanitos por sus propias instituciones, después de que la Asociación a favor de los Derechos Civiles (AACR) de Risso, Hassan, Isola, Panayotti y Patron celebrase el éxito de haber logrado repatriar hasta 1947 a los 16.500 gibraltareños que habían sido evacuados durante la II Guerra Mundial a Londres, Jamaica y Madeira.

La llama de la autodeterminación. El Gobierno británico no había puesto excesivo empeño en el retorno de los evacuados, lo que llevó a los gibraltareños a organizarse hasta conseguir el regreso de todos sus seres queridos y encendió la llama de la autodeterminación. Eso fue una clara llamada de atención a la Corona británica, a quien sí le interesaba, no obstante, la estratégica ubicación de su base militar clave del Mediterráneo. Los gibraltareños también eligieron democráticamente su tercer ayuntamiento –City Council- en diciembre de ese año de 1950. Estos acontecimientos empezaron a generar la hostilidad de España, que veía amenazada su histórica reivindicación sobre la soberanía del Peñón. Tras la coronación de Isabel II en 1953 y la previsión de su visita a Gibraltar dentro del periplo real por los dominios de la Commonwealth, el embajador español en Londres, el duque Primo de Rivera, presentó una protesta al Foreign Office. Y una segunda en 1954. Ante la postura de Londres de continuar con la visita de la reina, el Gobierno franquista cierra el Consulado español en Gibraltar el 1 de mayo, diez días antes de la visita real, como explica con detalle el periodista y escritor Luis Romero en su libro El Consulado General de España en Gibraltar (1716-1954).

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Un gibraltareño, visitando la exposición ‘Closure’, en el John Mackintosh Hall. /Foto: MJC.

Las tres restricciones fronterizas. Sir William Jackson y Francis Cantos describen en su biografía política de Sir Joshua Hassan, From fortress to democracy (De la fortaleza a la democracia), que en ese momento “se imponen tres restricciones en la frontera de La Línea: a los españoles sin permiso de trabajo no se les permitiría entrar más en Gibraltar; no se emitirían nuevos permisos de trabajo, y el puesto de Aduanas de la frontera fue rebajado a lo que los españoles denominaban un simple puesto de policía y control”. Al mismo tiempo, se inicia una fuerte campaña de propaganda a favor de la devolución de Gibraltar a España. Todo, enmarcado en la justificación española de que el Tratado de Utrech (1713) prohibía la comunicación terrestre con el Peñón y en un contexto político internacional de declive para Gran Bretaña por los procesos de descolonización global. Y la reina se marchó, pero las restricciones continuaron.

En 1959, el ministro de Exteriores Fernando María Castiella realiza una visita informal a Londres durante cinco días, en las que los gobiernos español y británico inician una ronda de negociaciones, en las que España aceptó dejar de exigir visado a los turistas británicos, incluidos los gibraltareños, pero paradójicamente continuaría manteniendo las restricciones hacia los españoles para acceder al Peñón. Como contrapartida, Castiella fue invitado a iniciar conversaciones formales con el ministro del Foreign Office, Selwyn Lloyd, en Londres. Proceso que continuó con la devolución de la visita del sucesor de Lloyd, Lord Home, a Madrid en mayo de 1961. “En ambas ocasiones, la parte británica solicitó una vuelta al régimen previo a 1954 en la frontera, pero no presionó excesivamente sobre el tema”, indican Jackson y Cantos.

Gibraltar ante el Comité de los 24. De hecho, la situación empezaría a cambiar para siempre con la inclusión del caso de Gibraltar en el Comité de los 24 de las Naciones Unidas (ONU), en septiembre de 1963. En el contexto internacional de los procesos de descolonización, la aprobación de la Resolución 1514 en la Asamblea General de la ONU en 1960 fue un movimiento estratégico para los territorios en descolonización. Pero en el caso de Gibraltar, España defendía la integridad territorial versus la administración británica y los deseos de los habitantes del Peñón. El propio Hassan -que un año después se convertiría en el primer ministro principal del Peñón- acudió a Nueva York con Peter Isola para hacer patente esta reivindicación. Con este acto, los gibraltareños reivindicaron por primera vez ante un organismo internacional su deseo de continuar siendo británicos. El acto fue de una gran trascendencia para Gibraltar.

El Reino Unido, con Gibraltar, y España se adentran en una auténtica batalla diplomática en las Naciones Unidas, que tiene un importante episodio en 1965 con la Resolución 2.070. La XX Asamblea General ‘invita’ a los gobiernos de España y el Reino Unido a iniciar sin demora conversaciones sobre la soberanía de Gibraltar. Los británicos muestran entonces su intención de negociar, manteniendo fuera del diálogo el asunto de la soberanía. Pero las posiciones eran absolutamente alejadas; España consideraba que su victoria diplomática ante la ONU legitimaba sus aspiraciones de obviar los deseos de los gibraltareños ante su reivindicación territorial. Y los británicos no estaban dispuestos a hablar sobre soberanía.

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Recortes de diarios británicos, sobre el cierre, en la exposición ‘Closure’. / Foto: MJC.

Nueva vuelta de tuerca en la frontera. Mientras las delegaciones diplomáticas peleaban sobre la moqueta, linenses y gibraltareños, así como los campogibraltareños que se desplazaban al Peñón, seguían sufriendo las consecuencias sobre el terreno. Durante este periodo, España suprime el puesto de aduanas del paso fronterizo y en 1966 prohíbe a 3.000 mujeres entrar a trabajar a Gibraltar. Y abole también la entrada a los comerciantes del mercado que, recuerda Macías, “entraban a Gibraltar con carros tirados por mulos”. Estas restricciones cada vez más intensas para tratar de minar la moral de la población por parte de España, al tiempo que se libraba la batalla diplomática en las Naciones Unidas, empezaron a resentir a las poblaciones de las dos ciudades. Así lo demuestra la progresiva reducción de trabajadores españoles en Gibraltar entre los años 1956 y 1967. Se pasó de 12.106 a 7.320 personas, según el censo del Sindicato Vertical de Trabajadores Españoles en Gibraltar. Y ya, en 1967, ninguna mujer, puesto que se les prohibió trabajar en el Peñón, una medida discriminatoria que destrozó muchas economías linenses sostenidas solo por ellas.

Movilización social en el Peñón. Al otro lado, en el Peñón, la sociedad comenzó a movilizarse para tratar de suplir el trabajo que ya dejaron de hacer las mujeres españolas y ante las progresivas restricciones fronterizas, adelantándose a lo que ni linenses ni gibraltareños querían que ocurriera. “En 1966 fueron las mujeres gibraltareñas quienes, pese a haber perdido a sus asistentas españolas, abandonaron su estilo de vida victoriano y salieron a trabajar para salvar la economía del colapso. Los sindicatos aceptaron que los hombres fueran pluriempleados para rellenar los numerosos huecos del mercado laboral; la comunidad empresarial buscó y organizó fuentes de suministro alternativas, en el Reino Unido, Holanda y Marruecos. Y se iniciaron conversaciones con el Gobierno marroquí para traer trabajadores una vez que los españoles dejaran de cruzar la frontera, lo que obviamente estaba en las previsiones de Madrid, pese al daño que eso ocasionaría en la economía del Campo”. Este párrafo de The fortress to democracy deja claro que, tanto el Gobierno de Gibraltar como el del Reino Unido, eran conscientes de que el Gobierno franquista daría la última vuelta de tuerca en la frontera. Y también en el aire.

La zona de exclusión aérea. A finales de 1966, queda de nuevo patente en las Naciones Unidas las posiciones irreconciliables entre las partes en disputa. En Gibraltar surgen nuevos partidos políticos y en 1967 se inicia una nueva ronda de conversaciones entre el Reino Unido y España. Pero, lejos de abrir puntos de encuentro, las posiciones continúan distanciándose. El 12 de abril de 1967, el Gobierno español declara una zona de exclusión aérea restringida sobre su territorio para aviones civiles y militares que aterricen y despeguen del Peñón, restringiendo así el uso del aeropuerto gibraltareño al máximo. Las conversaciones entre ambos países se rompieron, tras un quinto intento de volver a la mesa el 5 de junio de 1967.

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Momento en que Sir Joshua Hassan ofrece el resultado del referéndum, 1967. / Foto: Centro Cultural John Mackintosh Hall (Gibraltar)

El referéndum de 1967. La Cámara de los Comunes debate y aprueba celebrar un referéndum para ratificar los deseos de los gibraltareños de continuar siendo británicos. El Comité de los 24, sin embargo, considera la consulta contraria a su resolución sobre Gibraltar en ese momento, que denegaba a los habitantes cualquier opción de opinar sobre sus deseos respecto a su pertenencia al Reino Unido. Finalmente, como es conocido, el referéndum se celebra el 10 de septiembre de 1967, con un abrumador resultado de 12.182 votos a favor de continuar siendo británicos, contra 44 a favor de pasar bajo bandera española. La ONU aprueba la Resolución 2.353 el 19 de diciembre de 1967, respaldando la teoría española de la integridad territorial. Y el 18 de diciembre de 1968, en su Resolución 2429, la ONU pedía al Reino Unido como potencia administradora que pusiese término a la situación colonial de Gibraltar antes del 1 de octubre de 1969. El Reino Unido no aceptaba esta resolución. Castiella en marzo de 1969, amparándose en el Tratado de Utrecht, advierte de que la frontera sería cerrada para todos, excepto para los 5.000 trabajadores españoles que por entonces quedaban en el Peñón con pase laboral, y para los gibraltareños con pases especiales. Los turistas y otros visitantes deberían usar el ferry de Algeciras. Gibraltar, por su parte, continuaba trabajando en los textos legales de su Constitución, que se promulgó en mayo del 69. Tras esta promulgación, el 8 de junio, España cerró la frontera con Gibraltar totalmente.

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Juan Domingo Macías, durante su exposición sobre el cierre en Ascteg. Foto: MJC.

El cierre fronterizo. Los poco más de 4.000 trabajadores españoles que quedaban en Gibraltar el 8 de junio salieron por última vez de sus puestos de trabajo. En la exposición Closure queda claro cómo, desde días antes, van recogiendo sus pertenencias y llevándoselas a España en carritos para no volver a cruzar la frontera al día siguiente. El 22 de junio, las puertas de la Verja fueron cerradas definitivamente por el lado español y cinco días después, el 27 de junio de 1969, el ferry de Algeciras cesó su ruta diaria a Gibraltar. Algunos obreros españoles se quedaron a vivir en Gibraltar. Otros se fueron por Tánger. A los mayores de 55 años, se les concedió una pensión del 55%. A las mujeres –a quienes se les quitó el pase de un día para otro, sin previo aviso- no se les dio nada. El Gobierno franquista concedió puestos de trabajo en centros de administración pública en toda España, principalmente a los linenses, que emigraron en un éxodo masivo que afectó a 36.000 personas. Otros se instalaron en Londres, donde llegaron a concentrarse 10.000 emigrantes campogibraltareños –principalmente de La Línea- e, incluso, a Australia y Canadá. Cerraron comercios, los trece cines de La Línea, cerraron bares y se silenció, en gran parte, el flamenco del que la ciudad hacía gala en espectáculos de primer orden. Se construyeron edificios y viviendas públicas. Y se vivieron, durante trece largos años, espectáculos inhumanos entre familiares separados por una verja a ambos lados de la frontera, chillándose para poder comunicarse nacimientos, bautizos, comuniones, bodas y fallecimientos.

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Francisca Amat, de 80 años, durante el acto celebrado en Ascteg el viernes. Foto: MJC.

El drama humano. “Estuvimos trabajando en una fábrica en Alemania para ahorrar dinero. Cuando lo conseguimos, nos vinimos a España, pusimos un bar que nos iba muy bien, pero los trabajadores españoles, nuestros clientes, se fueron cuando cerraron Gibraltar. Nadie nos ayudó. Nos vimos en la ruina. Todo se vino abajo. Nos tuvimos que ir a la Costa del Sol a trabajar, dejándome a mi hijo de 14 meses con mi madre. Además, con la frontera cerrada, murió mi cuñado y tuvimos que decírselo a su hija. Pero no la dejaban venir. Y se han pasado muchas calamidades, a mí eso no se me olvidará”.  Francisca Amat, de 80 años, es solo una de las miles y miles de personas que vivieron el drama humano que ocasionó, especialmente en La Línea y Gibraltar, el cierre fronterizo. Que también afectó al Campo, que sufrió una depresión económica que el Gobierno franquista trató de paliar con el polo químico.

El retraso que sufre la comarca, la falta de unas relaciones transfronterizas normalizadas con Gibraltar y la falta de sensibilidad histórica hacia las necesidades reales de La Línea son, todavía hoy, las secuelas que sufre una sociedad aún rajada por aquel cierre. Que necesita, sobre todo, humanidad.

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